La “purga” de periodistas de RTVE: Cuando ser periodista se convierte en ser culpable

Parece más que evidente que el actual gobierno no entiende mucho de democracia, y por el contrario maneja a la perfección el arte de acabar con los derechos y libertades. Muchos son los ejemplos que podríamos exponer para justificar esta idea, pero en esta ocasión queremos centrarnos en las últimas decisiones que han tomado en torno a los de medios de comunicación públicos.

Para poder ser libres necesitamos estar informadas, disponer de espacios de debate y diálogo que fomenten el pensamiento crítico y reflexivo. Para poder construir opiniones juiciosas, argumentadas, propias y no impuestas, sobre las actuaciones de los diversos poderes necesitamos de espacios y herramientas que nos permitan conocer la realidad con todos sus detalles, pero sobre la cobertura de estas necesidades, que se traducen en que exista una ciudadanía responsable, participativa, exigente, reivindicativa, crítica y libre, parece ser que el gobierno tampoco entiende mucho.

Y ahora se dedica a querer controlar toda la esfera pública para que en ella no haya libertad. Dentro de este ámbito se encuentran los medios de comunicación de masas a través de los cuales tratamos de informarnos. Cierto es que existen otras posibilidades: las redes sociales, los portales digitales, los teléfonos móviles, las plazas de los barrios… pero a día de hoy la prensa sigue siendo el modo más habitual que escoge la gente para informarse.

Y como la información es poder y tener acceso a ella puede ser capaz de despertar la chispa de la indignación, movilización y crítica, el gobierno ha decidido ponerse manos a la obra para moldear los medios de comunicación públicos con el objetivo de cumplir sus fines partidistas y evitarse así el problema de enfrentarse a una ciudadanía opositora y a unos profesionales de la comunicación críticos.

Con todo esto se vulnera uno de nuestros derechos fundamentales, el derecho a la información, además se impide que estos medios cumplan la función que deberían tener como servicio público al que destinamos gran parte de nuestros impuestos.

En realidad, nunca hemos podido presumir de los medios de comunicación públicos de los que disponemos. Por norma general desde que existen se han dedicado a cumplir una función de propaganda del gobierno de turno, se ha producido un despilfarro que no se corresponde con la calidad de sus contenidos, las concesiones de licencia de emisión suelen estar contaminadas de clientelismo, y en definitiva su oferta audiovisual no satisface los estándares que cabría esperar de un servicio público. (Fernández y Santana 2000; Sampedro 2000; Bustamante 2000). Pero no podemos negar que todo esto lejos de mejorar, va a peor.

Sustituir profesionales por marionetas
El nuevo gobierno tampoco entiende mucho de la autonomía profesional, ni de la libertad de prensa. Por esta razón, en los últimos meses se ha encargado de sustituir a algunas periodistas cuyo delito ha sido ese, ser periodistas.

A cambio, ha puesto a unas marionetas, quizás estas nuevas personas a las que tendremos que ver las caras mientras dicen que nos informan, no lo saben, pero son eso, meros instrumentos que no sólo tendrán que ceder ante los intereses corporativos de turno, sino también ante las presiones del partido político que les ha colocado ahí.

¿Tendrán estas marionetas escrúpulos? No lo sabemos, está claro que sí tienen un precio. ¿Serán capaces estas marionetas de sentir vocación hacia su profesión? Lo dudamos, más bien tienen ansias de poder. ¿Soñarán estas marionetas con un mundo mejor? Parece más probable que sueñen en como perpetuar sus privilegios y someternos a la ignorancia.

Tal vez aún no lo sepan, pero estas marionetas ya están condenadas: a no ser libres para ejercer su profesión, a no poder pensar nunca más de forma diferente al partido político que les ha escogido para manipular, a esconder la verdad de las cosas… En definitiva están condenadas a condenar hasta que el gobierno de turno decida lo contrario.

Es probable que nosotras también estemos condenadas a tener que luchar eternamente para no perder derechos y libertades, para poder ser libres algún día, para conseguir un empleo y una vivienda digna, para alcanzar esa justicia social tan deseada… Pero somos conscientes de ello y no tenemos miedo. Eso es lo que nos diferencia de estas marionetas, que por cierto provienen en su mayoría de otras cadenas públicas como Telemadrid, donde ya sabemos que la objetividad y el rigor brillan por su ausencia, o de medios de derechas como Cadena COPE.

En cuanto a las destituciones que se han realizado en RTVE, tenemos una larga lista de periodistas: Ana Pastor, Xabier Fortes, Miguel Ángel Hoyos, Alicia G. Montero, Juan R. Lucas, Toni Garrido, Pepa Fernández y Lara López, entre otras. Muchos de estos profesionales se han pronunciado a través de sus cuentas de Twitter y afirman que se les han quitado del medio por hacer periodismo o por ir contracorriente. Son culpables de ser periodistas no afines al gobierno.

Por su parte, Reporteros sin Fronteras lanzó un comunicado preocupados por la toma de control política que significaban estos cambios en RTVE dirigidos a periodistas que habían sido críticos con el gobierno. E incluso la prensa internacional se hizo eco de estas destituciones, concretamente el diario ‘The Guardian’ las calificó de “purga”, además de mencionar la costumbre de los políticos españoles de querer evitar los intensos interrogatorios de la prensa.

Nos enfrentamos por tanto ante varios problemas. Por un lado, unos medios de comunicación públicos que se encuentran manipulados por el gobierno de turno, pero también unos medios de comunicación privados que pertenecen a grandes grupos multimedia que requieren de una gran cantidad de capital para su supervivencia, lo que los vincula a la banca y a las grandes corporaciones. ¿Nos encontramos por tanto ante unos medios de comunicación libres?, ¿Lo son los profesionales que trabajan en ellos?, ¿Podemos serlo las personas que nos informamos a través de esta prensa?

Nos situamos ante un panorama de manipulación del gobierno sobre los medios de comunicación públicos, una situación de servidumbre mediática de la clase política que se preocupa más por obtener la benevolencia de los medios de comunicación privados, que por conseguir el apoyo de la sociedad civil. Y por último, con un espectáculo mediático deprimente por parte de los grupos multimedia que controlan los medios de comunicación privados, que se encargan obviar lo importante y a cambio nos ofrecen una amplia programación cargada de prensa rosa, debates con tertulianos que opinan pero no informan y noticias redactadas y seleccionadas por las grandes corporaciones que los sustentan con los ingresos de su publicidad.

De ahí, que cada vez una gran parte de la sociedad les llamemos medios de desinformación, medios que distorsionan, medios que echan humo para que no se pueda ver el fuego que nos rodea, que nos oprime y que nos asfixia. Y hasta que esto no cambie, tal vez sea mejor que utilicemos más las plazas para hablar, debatir y compartir, que utilicemos más las redes sociales para comunicarnos y estar

conectadas, que creemos nuestros propios medios de comunicación para estar informadas e interactuar con el resto de las personas. En definitiva, que potenciemos más nuestro pensamiento, nuestra inteligencia colectiva, que nos hagamos más preguntas, que nos interesemos más sobre las causas y consecuencias de lo que ocurre en el mundo y en nuestro alrededor.

Y por último, que con toda esa información y conocimiento recopilado, construyamos alternativas, autoorganización ciudadana y formas de lucha contra ese poder político y financiero que quiere acabar con todo y con todas nosotras

REDACCIÓN CARABANCHEL

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